¿Está mal sentirse mal?

Nadie quiere sentirse mal. Nuestro entorno nos dirá que nos animemos, que veamos el lado positivo de la vida, que pensemos de una forma más optimista. A veces incluso surgen avisos o amenazas de lo que podría ocurrir si sigues pensando o sintiendo del mismo modo…
Es por eso que nos cuesta compartir con los demás nuestro malestar, ya que es habitual que no recibamos comprensión, más bien al contrario. Se añade a nuestro malestar el sentimiento de incomprensión, de soledad, de extrañeza. A veces incluso culpabilidad “¿por qué no soy capaz de animarme? ¿por qué mi mente se sigue llenando de pensamientos negativos?”

Ocultamos el malestar emocional como si fuese algo malo. Pero ¿está mal sentirse mal? Tal vez esté tan mal como tener agujetas después de realizar un ejercicio físico que supera nuestra capacidad. Tan mal como estar cansado después de una jornada larga de trabajo. Tan mal como que se encienda el piloto de la gasolina con el tanque vacío. Tan mal como que te duela la pierna después de partirte el hueso. O que suene una alarma de incendios habiendo fuego en la cocina.

Sentirse mal no está mal. Es necesario. Las emociones, negativas o positivas, son la música que acompaña de nuestra vida. La música no está mal, aunque veces deseemos que suene con un tempo diferente.

Intentar eliminar el malestar es como intentar apagar el piloto de la gasolina poniendo una pegatina delante para no verlo. El problema del malestar psicológico es que a veces no sabemos de donde viene. No sabemos qué significa, no sabemos qué nos intenta decir. Pensamos que ignorándolo, mirando para otro lado, escondiéndolo o apagándolo, desaparecerá igual que vino. De hecho, en muchas ocasiones, así ocurre. Sobretodo si además de no prestarle atención, seguimos también nuestro instinto y hacemos pequeños cambios que ajustan nuestra vida de nuevo a la dirección deseada, o los cambios nos suceden por mera casualidad o suerte, y la vida vuelve a recuperar el color que había perdido. Sin embargo, en ocasiones el malestar persiste, y cuanto más lo intentamos silenciar o ignorar, con más intensidad nos persigue, como intentar huir de nuestra propia sombra, que corre tan rápido como nosotros y siempre nos está alcanzando.

Sentirse mal está bien. Es algo normal, universal, humano: todos nos sentimos mal. La vida tiene retos, tiene dificultades, tiene expectativas frustradas, tropiezos en el camino, tiene incertidumbre, conflicto… y nuestras emociones se sentirán de forma diferente porque es nuestro cuerpo respondiendo a esos avatares de la vida. Si estamos en una situación que nos exige mucho de nosotros mismos, nuestro corazón se acelerará, nuestra respiración aumentará, percibiremos ansiedad y será nuestro cuerpo preparándose para afrontar una situación difícil. Otras veces perderemos cosas importantes en la vida, lo que nos satisfacía antes ya no lo hace, y notaremos que perdemos la energía, las ganas de hacer cosas, la vida perdiendo color… Nuestro cuerpo se está preparando en no gastar más energía en lo que ya no está o en lo que ya no satisface, nuestro cuerpo empieza a dejar huecos libres para lo nuevo que está por venir, y nosotros experimentamos esos cambios de nuestro cuerpo como tristeza.

Como decía el profesor Marino Pérez: “Del mismo modo que los terremotos no se solucionan desconectando los sismógrafos, tampoco los problemas de la vida se solucionan eliminando sin más la ansiedad y la depresión.”

Así que sentirse mal no está mal, pero en el entorno en el que vivimos, hay que ser muy valiente para reconocer que uno lo está. Muy valiente para no huir de ese malestar. Muy valiente para empezar a buscar dónde está el fuego en vez de obcecarse en buscar el interruptor de la alarma para que deje de sonar.