Autor: Francisco López López

crisis

Uno de los dilemas inherentes a la condición humana es la conciencia de que nuestra vida es limitada. Sabemos que un día ya no estaremos en este mundo. Cuando tomamos conciencia de esos límites a menudo experimentamos una crisis. Sin embargo, esta verdad no siempre la tenemos presente y a menudo la tenemos apartada de nuestra conciencia. No obstante, puede tener un gran valor sacarla a relucir de vez en cuando si ello nos puede ayudar a vivir la vida con mayor intensidad.

Cuando una persona es joven tiene la sensación subjetiva de que el tiempo es ilimitado. De que la vida no tiene límites. Hay poco miedo a la muerte y es la época donde más conductas de riesgo se tienen. Se tiene la sensación de que todo está por hacer, todo se puede realizar, todo es posible, todo es compatible. Las decisiones que van a marcar tu destino o van a configurar más tu existencia aún estar por ser tomadas. La elección de profesión, la pareja, el lugar de residencia, incluso el modo o estilo de vida. Se tiene bastante grado de libertad sin tener que asumir en mayor grado la parte de responsabilidad que conlleva. Como en la infancia, el peso de la responsabilidad es algo que en la mayoría de ocasiones todavía corresponde a los padres.

Pero conforme se abandona la etapa adolescente y de juventud temprana, se empieza a comprender la terrible realidad e la vida: Cada elección supone renunciar a las demás opciones. Elegir es renunciar (no elegir también es renunciar). Recorrer un camino implica no recorrer otros. Los días se pasan, así como los años. El ciclo vital transcurre y lo no hecho se queda sin hacer. El futuro abierto y amplio de la juventud pierde sentido si uno no empieza a caminar.  Y empezar a andar, aunque te abra nuevos horizontes, también te aleja de otros.

A esto se une el problema de la inevitabilidad del cambio. Como decía Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río, pues tanto la persona como el río ya han cambiado y no son el mismo. Aunque intentemos mantenernos estáticos en nuestra vida, aunque intentemos no cambiar, no avanzar, mantener una rutina estática… será imposible no hacerlo, imposible que nuestros deseos o nuestras necesidades sí lo hagan, que el disfrute que antes aportaba la misma rutina, ya no lo aporte. Como el joven que sale de fiesta todos los fines de semana, pero no consigue ya que la noche y la fiesta sea tan mágica y especial como lo fueron antaño. Quizás la fiesta y la noche sean la misma, pero él ya no lo es, es posible que ahora sean otras cosas las que lo harían disfrutar, pero se requiere avanzar para alcanzarlas.

Esta sensación de pérdida de goce o disfrute en la vida lleva a mucha gente a tomar contacto con los límites y experimentar cierta crisis. Una crisis necesaria para empezar a avanzar, o para corregir el rumbo. Quizás para plantearse ciertos cambios. Para permitirse avanzar a una nueva etapa vital.

Cómo funciona la psicoterapia

La psicoterapia es un proceso interpersonal en el que se mantiene un diálogo profundo entre el terapeuta y el consultante, centrado en temas que preocupan o sean de interés para este último. En este post explico cómo funciona la psicoterapia y describo el proceso habitual que sigue.

El objetivo de la terapia es que la persona realice algún tipo de cambio, pudiendo ser este cambio tener una mayor comprensión de una situación concreta o de uno mismo, aceptar alguna circunstancia, mejorar las relaciones interpersonales, cambiar su estado de ánimo, cambiar comportamientos, etc.

La psicoterapia es un proceso que sigue una serie de etapas:

Exploración – Comprensión – Cambio

Exploración

En una primera etapa el terapeuta y consultante exploran los aspectos relacionados con la dificultad o problema que puedan ser relevantes. Esta etapa supone en muchas ocasiones un alivio emocional gracias a la catarsis que implica. Poder explorar situaciones y partes de nosotros mismos que están cargadas emocionalmente, conectar con ellas y compartirlas con otra persona produce un alivio y una reducción de la tensión.

En esta primera etapa también se forja la relación entre el terapeuta y el consultante. Esta relación es fundamental, y muchas investigaciones sobre el proceso terapéutico señalan que es el elemento que realmente produce la ayuda y hace que una terapia sea eficaz. Esta relación es imprescindible para que la persona pueda explorar temas más difíciles y complicados: temas íntimos, vergonzosos, que generan culpa, inseguridad, etc.

Comprensión

En una segunda etapa, todas las piezas que se han ido juntando durante la exploración empiezan a formar un conjunto con sentido. Empezamos a encontrar repeticiones, patrones, conectar unas situaciones con otras que parecían desconectadas… Es un momento de juntar las piezas y montar el puzzle. Esto da a la persona una perspectiva nueva y diferente de la situación. Le ayuda a comprender cosas que antes no entendía o que permanecían fuera de su consciencia, tanto de sí misma como del mundo que le rodea, del momento presente o de circunstancias del pasado.

Cambio

En una tercera etapa, y teniendo ya una mejor visión de la situación, de sí misma o del problema, la persona puede plantearse qué cambios le gustaría y podría hacer que le permitan vivir la vida de mejor forma. No obstante, estos cambios a veces ocurren sin que la persona sea consciente y quizás empezaron a darse desde la etapa de exploración.

Estos son algunos cambios habituales que realizan las personas que han hecho psicoterapia:

                -Aceptar ciertas situaciones que no pueden ser cambiadas.

                -Ver el mundo y a sí mismas desde una perspectiva diferente.

                -Abandonar situaciones que ya no le son satisfactorias o incluso le dañan.

                -Iniciar nuevos caminos y aventuras

                -Permitirse cosas que antes no se permitían

cómo afrontar la ansiedad

Esta es la segunda parte del artículo: Cómo afrontar la ansiedad

Intentar reducir o aliviar la ansiedad existencial tiene el mismo efecto que empujar más al fondo una pelota dentro del agua. Aunque pensemos que la estemos escondiendo más, lo único que conseguimos es que la pelota cobre más fuerza para salir, y que en cuando la soltamos, sube veloz a la superficie aflorando a ella con más fuerza.

Este tipo de ansiedad se da habitualmente cuando hemos percibido de forma inconsciente la presión del tiempo y el paso de la vida. El peligro no está en una amenaza inmediata a nuestra vida física o mental, sino que el peligro está en que la vida que tenemos se esté alejando, o lo haya estado haciendo bastante tiempo, del camino que era importante para nosotros. Aunque a veces nos neguemos el paso del tiempo y nuestras transiciones por el ciclo vital, lo percibimos de forma inconsciente. En estos casos la ansiedad se activa como si fuera una alarma anti-incendios, avisándonos de que algo no está yendo bien y que deberíamos detenernos a reflexionar, pensar sobre la situación, comprender lo que está ocurriendo o ha estado ocurriendo, y desde esa comprensión poder tomar determinadas decisiones, realizar los cambios necesarios para mover el timón, reorientarnos y cambiar nuestra trayectoria vital. No son estas situaciones las indicadas para intentar apagar la alarma o reducir la intensidad de su sonido o su luz. En estas situaciones lo que debemos hacer es atender a la ansiedad y empezar a buscar. Sólo cuando hagamos los cambios, que a menudo son profundos e internos, nuestra alarma se reducirá o apagará, pero estando de nuevo lista para saltar de nuevo ante cualquier desviación del camino.

Por esta razón es importante saber bien los factores que influyen en la ansiedad antes de hacer o no hacer algo con ella. ¿Es momento de seguir hacia adelante usando la propia energía que te da? ¿Es momento de relajarse y descansar? ¿Es momento de hacer una reflexión más profunda que lleve a cambios más relevantes y fundamentales? Es difícil de saber, aunque podemos tener dos pistas que nos ayudarán:

  • La primera es si podemos identificarla con una situación concreta o si está presente casi todo el tiempo.
  • La segunda, si la ansiedad se ha extendido demasiado en el tiempo.

Si tenemos unos niveles de ansiedad permanentes, durante todo el día, independientemente de la situación, y además hace tiempo que estamos en esa situación, es muy posible que estemos ante esa ansiedad de tipo existencial que nos habla de condiciones en nuestra vida. Aquí, ni siquiera las ayudas farmacológicas nos podrán resulta útiles, pues será como empujar la pelota hacia el fondo del agua. Estaríamos apagando la alarma anti-incendios olvidándonos del fuego de la casa.

En estas circunstancias, sería más recomendable la reflexión y la comprensión de la situación vital personal. Es en estas circunstancias donde la ayuda de un profesional que nos acompañe en ese viaje de exploración y análisis pueda ser fundamental.

cómo afrontar la ansiedad

Las fórmulas sobre cómo afrontar la ansiedad son de sobra conocidas. Habitualmente se trata de inducir al cuerpo a hacer precisamente lo contrario a lo que hace en estado de ansiedad: Respirar de forma lenta y profunda ante la hiperventilación, relajar los músculos ante la tensión muscular, despejar la mente ante la ansiedad idéica…

Sin embargo, a menudo estas técnicas tienen un resultado limitado. En este post quiero contar brevemente cuando son útiles estas estrategias  y cuando no funcionarían e incluso podrían ser contraproducentes.

¿Cuándo son útiles las técnicas de relajación?

Primero de todo, debemos entender y aceptar que la ansiedad es una respuesta normal y necesaria de las personas ante determinadas situaciones. Tener ansiedad no es algo patológico, sino una respuesta completamente natural. Lo que percibimos cuando sentimos ansiedad es nuestro cuerpo preparándose para una situación de incertidumbre y de posible peligro, en la que algo importante para nosotros está en juego. Es una preparación energética y de recursos. Y una vez evitado el peligro y estando ya seguros, volveríamos a la situación de calma y relajación.

1- Cuando la situación se alarga en el tiempo

Sin embargo, no todo lo podemos solucionar al momento con esa energía, a veces las situaciones de incertidumbre duran más tiempo, y ésta respuesta adaptativa puede volverse contraproducente. En estas situaciones es cuando debemos pensar en cómo afrontar la ansiedad. Realizar estrategias de relajación de forma rutinaria nos puede ayudar a tener un mayor dominio de nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra conducta: Poder relajarnos al final del día, dejando de lado los problemas, es una habilidad fundamental, ya que nos permite descansar para el día siguiente. Aliviar los músculos en el fin de semana después de la carga tensional del resto de la semana, nos ayuda a recuperarnos y poder abordar la siguiente semana con las pilas cargadas.

 Una vez terminada la situación de incertidumbre o riesgo, o si ya no podemos hacer más en relación a ella, es cuando debemos buscar aquellas situaciones que induzcan un estado corporal de relajación: practicar meditación, hacer deporte, leer una novela sencilla, ver una película, dar un paseo, quedar con amigos…

2- Cuando nuestra ansiedad no se ajusta a la situación

A veces, es posible que también tengamos situaciones donde nuestra respuesta de ansiedad puede ser incompatible precisamente con lo que tenemos que hacer. Tenemos un exceso de energía o que se destina a lugares donde no es productiva, donde no nos ayuda o peor aún, donde hace incompatible lo relevante que estemos haciendo o nos induce a hacer cosas incompatibles con lo que sea relevante. Quedarnos paralizados y focalizar nuestra atención completamente en el exterior, puede ser útil en ciertas situaciones, como cuando escuchamos un ruido extraño, por ejemplo. Pero muy contraproducente si vamos a hablar en público y lo que menos necesitamos precisamente en ese momento es quedarnos paralizados y con la mente en blanco, sólo atentos a los gestos del público.

En estas situaciones donde el nivel de la ansiedad es my excesivo, donde nos bloquea, o nos induce a hacer cosas incompatibles con lo que sea relevante, es cuando también debemos plantearnos cómo afrontar la ansiedad, utilizando esas estrategias para reducir o aliviarla: podemos respirar hondo, centrar nuestra atención en la tarea entre manos, sacudir el cuerpo y destensar los músculos… Lo que a cada uno mejor le funcione. No con el objetivo de eliminar la ansiedad, sino con el objetivo de calibrarla y adecuarla a la situación que tengamos entre manos.

Cuando no funcionarían y serían contraproducentes.

No obstante, hay otras situaciones donde puede ser contraproducente intentar relajarnos. Si lo que hacemos para relajarnos es incompatible con lo que debemos hacer, corremos el riesgo de perder el foco de la vida en pos de modificar la respuesta de nuestro cuerpo, y eso no hace más que aumentar los problemas. Corremos incluso el riesgo de enredarnos en la ansiedad y desatender los asuntos prácticos e importantes. Podría ocurrir que con tal de relajarnos y evitar sentir ansiedad, evitáramos situaciones fundamentales en nuestro proyecto vital, como no ir a una entrevista de trabajo,  no hacer un examen, o evitar situaciones sociales relevantes para nosotros. Ante situaciones de este tipo es mejor utilizar el incremento de la energía que nos produce la ansiedad para focalizarnos en la tarea que tengamos entre manos, aunque sea con la respiración agitada, con el corazón bombeando, los músculos en tensión o nuestro foco atencional trasformado. Quizás todas esas cosas sean necesarias precisamente para tener un mejor rendimiento.

Hasta aquí, estaríamos hablando de la ansiedad normal, la adaptativa, aquella necesaria para que la vida tenga su máxima viveza, la que debemos permitir que recorra nuestro cuerpo para impulsarnos hacia adelante.

No obstante, en ocasiones hay otro tipo de ansiedad que nos invade. Una ansiedad que nos cuesta relacionar con situaciones específicas. Parece que estemos siempre como en estado de alerta. Como si viviéramos en una situación siempre amenazante o peligrosa a pesar de que desde una mirada rápida todo marchara como debiera. Éste tipo de ansiedad podríamos llamarla ansiedad existencial y hablaré de cómo afrontar la ansiedad existencial en el próximo post.

crisis existencial

Una crisis existencial ocurre cuando de pronto empiezas a cuestionarte las razones que motivan tus actos, decisiones o creencias.  La pregunta que nos puede surgir es “¿Qué sentido tiene todo esto que hago?”. En esta situación nos podemos sentir tristes, cansados, sin motivación para hacer nada, con una sensación de angustia que nos acompaña permanentemente.

Son rasgos propios de la depresión, y es posible que muchas depresiones vengan dadas por una pérdida del sentido vital, o que las situaciones que nos llevan a sentimientos depresivos, si nos permitimos sentirlos y no los apagamos con fármacos, drogas o actividad frenética, nos ayuden a entrar en una crisis existencial, que puede ser el primer paso para realizar un cambio significativo en nuestras vidas.

Desde el punto de vista del existencialismo, la vida no tiene un sentido que venga dado o que haya que descubrir, sino que cada persona debe descubrir el significado que le quiere dar a su propia vida. Sin embargo, las experiencias y reflexiones de diferentes autores que han pensado sobre ello nos pueden ayudar en la búsqueda y creación de nuestros propios significados.

Las principales fuentes de significado vital que encuentran son:

La consagración a una causa: Consagrarse a una causa es una fuente de significado vital para muchas personas. Se encuentra significado al producir o contribuir algo superior a nosotros mismos. Unirse a un todo integral y trabajar en ello con toda nuestra mente y nuestro cuerpo. Existen muchas causas : la familia, el estado, una causa política o religiosa, una aventura científica, un colectivo profesional…

La creatividad: Una vida creativa tiene de por sí significado. El hecho de crear algo nuevo, original, bello o armonioso, constituye un poderoso antídoto a la falta de sentido vital. La vida creativa para hallar un significado no se limita exclusivamente al artista creador. En cualquier aspecto de nuestra vida que apliquemos un enfoque creativo, como puede ser ante la enseñanza, la cocina, el juego, el estudio o la jardinería, reporta un gran valor a la vida.

El placer: Otras personas pueden sentir que el propósito de sus vidas es vivir simplemente con plenitud, conservar la capacidad para maravillarse ante el milagro de la vida, sumergirse en el ritmo natural de la existencial y buscar el placer en el sentido más profundo del término. Uno hace planes para el futuro y elige una línea de acción teniendo en cuenta únicamente aquello que le resulta más placentero o menos desagradable.

La autorrealización: Otra fuente de significado personal es la creencia de que los seres humanos deben luchar por realizarse y dedicarse a poner en práctica todas sus cualidades potenciales. Realizar su ser interno, llegar a ser quién realmente uno es, como la bellota que se convierte en roble. Es la lucha por conseguir un ser cada vez más pleno. Cumplir nuestra capacidad potencial.

El Sentido a lo largo del Ciclo Vital

Estos cuatro motivos se pueden dividir en dos, aquellos centrado en el sí mismo, y aquellos que trascienden a la persona. Algunos autores como Buber no recomiendan elegir para la propia vida un propósito que esté centrado en uno mismo, que no sea trascendental. Sin embargo, sí que recomienda empezar por uno mismo. Las personas deben empezar por ellas mismas, indagando en sus propios corazones, integrándose a sí mismas y buscando sus significados personales, pero no deben terminar también en ellas mismas. La persona comienza por ella misma para, después, olvidarse de sí misma y sumergirse en el mundo. Se comprende a sí misma para no tener que preocuparse después más de ella misma.

Esta propuesta de Buber coincide además con las investigaciones que muestra que el significado vital que las personas encuentran en sus vidas va variando a lo largo del ciclo vital. Entre las personas jóvenes la búsqueda del placer y la autorrealización personal suele tener mayor peso, mientras que entre los más mayores aportar a los demás o adherirse a una causa trascendental suele ser más importante. No obstante, se ha encontrado también que aquellas personas que de jóvenes se vieron obligadas a adherirse a causas ajenas a ellas mismas, como el cuidado a los demás, en cuanto tienen la posibilidad de hacerlo, se centran más en su propio desarrollo, la autorrealización y la satisfacción de los deseos personales que llevaban tiempo bloqueados.

Varios caminos a la vez

Quizás esto nos muestre que la búsqueda de sentido no tiene una única vía o sea un único camino. Hay diferentes áreas significativas en nuestra  vida que deseamos cultivar a la vez. Además pueden variar conforme viajamos a través de nuestro ciclo vital. Puede ser que tengamos ciertas áreas de significado bien desarrolladas y estemos satisfechos con ellas. Puede ser también que hayamos dejado aparcadas otras que son importantes para nosotros, pero que ahora mismo tengamos un poco olvidadas. Por ello la exploración de los deseos, incluso aquellos que están fuera de la conciencia, es una de las actividades que realizamos en terapia. Reconectar de nuevo con los deseos propios es el primer paso buscar y construir fuentes de significado vital.

Referencias:

Yalom, Irvin D. (1984). Psicoterapia existencial. Editorial Herder, Barcelona.

Enfrentarse al  aislamiento y la soledad es uno de los conflictos básicos a los que las personas se enfrentan a lo largo de la vida. Para una persona tener la sensación de  sentirse sola es muy duro. Como seres sociales el vínculo con las otras personas es básico, nuestro desarrollo personal y nuestra salud psicológica están en relación a la satisfacción con las relaciones con los otros. Pero al mismo tiempo, conforme crecemos y nos hacemos adultos, nos convertimos en personas libres, autónomas, independientes, lo que nos aisla y aleja de los demás. Tener la sensación en ocasiones de sentirse sola es el precio que paga la persona por ser libre.

En la infancia somos totalmente dependientes de los otros, de nuestros seres queridos, de nuestra familia, de nuestros padres. Necesitamos el cuidado y la protección de adultos significativos. Sin embargo, nuestro desarrollo personal depende del desarrollo de la autonomía y la independencia. Una persona sólo alcanza la madurez si es autónoma, si toma sus propias decisiones, si conoce y comprende sus sentimientos y deseos, si es congruente en sus acciones con ellos.

Yalom establece que una persona puede sentir soledad en función de tres tipos de aislamiento: El aislamiento interpersonal, el intrapersonal y el existencial.

El aislamiento existencial es el que debemos aceptar y enfrentar. Comprender que somos libres, que somos dueños de nuestra vida, que nadie nos puede sustituir en nuestras decisiones, nadie puede arriesgar por nosotros, nadie puede fracasar o triunfar por nosotros. Esta es la soledad existencial, la de la persona autónoma y libre. No podemos utilizar a los demás para calmar esta soledad, porque esta soledad es inevitable, y nos podemos hacer mucho daño intentando vencerla, iniciando relaciones tóxicas, teniendo relaciones de dependencia emocional, renunciando a nosotros mismos y a nuestro desarrollo. La persona evita sentirse sola renunciando a sí misma e intentando fundirse con otra persona.

El aislamiento intrapersonal tiene lugar cuando la persona suprime los propios sentimientos y deseos, cuando no los detecta, no los conoce. Cuando acepta las obligaciones y deberes de la vida como si fueran deseos. Cuando desconfía de sus propios juicios y percepciones y bloquea su capacidad potencial. En resumen, se trata de estar aislado de las partes más vitales de sí mismo.

El aislamiento interpersonal es el que se refiere al aislamiento de otras personas. Cuando no existe una interacción social satisfactoria o nuestras relaciones son superficiales. No hay un vínculo auténtico y real. Los otros se relacionan con nosotros y nos utilizan como si fuésemos objetos o lo hacemos nosotros con ellos. Estamos en relaciones utilitaristas. Donde nos tratan para un beneficio concreto y nos sentimos explotados. O puede ser, que por diferentes razones, tengamos pocas relaciones con otras personas.

Los tres tipos de aislamiento son similares desde el punto de vista subjetivo, se viven como si fuera el mismo sentimiento de soledad. En terapia ayudamos a las personas a afrontar el aislamiento existencial, a tomar conciencia de lo que hacen para evitarlo y el daño que les puede hacer. Las ayudamos a reducir el aislamiento intrapersonal explorando sus emociones y deseos, descubriendo las partes negadas de sí mismas, y la ayudamos a reducir el aislamiento interpersonal, acompañándolas y apoyándolas en el desarrollo de relaciones significativas y satisfactorias con otras personas

Referencias:

Yalom, Irvin D. (1984). Psicoterapia existencial. Editorial Herder, Barcelona.

Revisando el libro “La Invención de los Trastornos Mentales” de Marino Pérez y Héctor González Pardo, me encuentro con una descripción sucinta pero muy apropiada que hace el profesor Marino Pérez de los grandes sistemas de psicoterapia.

Los clasifica y describe sus objetivos de la siguiente manera:

Psicoanálisis y psicoterapia psicoanalítica: la comprensión de sí mismo como renovación personal.

Psicoterapia fenomenológica y existencial: el entendimiento filosófico de los problemas de la vida.

Psicoterapia centrada en la persona y experiencial: el cliente como autosanador activo.

Terapia de conducta y cognitivo-conductual: el aprendizaje de nuevas formas de comportamiento.

Terapias de familia: la revisión de las relaciones familiares.

La literatura científica no ha podido demostrar que un sistema de psicoterapia sea superior a otro, pues aunque inicialmente fueron los modelos cognitivo-conductuales los que hicieron el esfuerzo de demostrar su eficacia, en cuanto se revisaron el resto de modelos todos ofrecieron una eficacia similar y ninguno ha podido mostrar su superioridad hacia los demás.

Aunque sean diferentes, todos los modelos de psicoterapia han mostrado una eficacia similar. Una respuesta que se ha dado a este dilema, y a la que yo me adscribo, es que a pesar de sus diferencias los diferentes modelos de psicoterapia comparten una serie de factores comunes que son los que aportan la efectividad a la terapia. Uno de ellos sería una buena relación terapéutica, aunque habría más y varios autores han propuesto modelos diferentes que recogen distintos factores (aunque la relación terapéutica permanece en todos ellos).

Mi formación comenzó, como la de la mayoría de psicólogos, con el modelo cognitivo-conductual. Desde ahí la necesidad de la realidad compleja me llevó a estudiar las terapias fenomenológicas y existencial (sobretodo Yalom), la psicoterapia centrada en la persona y experiencial  (Roger), y la terapia familiar sistémica, quedándome pendiente una mayor profundización en el psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica.

Esta amplitud en la formación y conocimiento de varias psicoterapias ha hecho que finalmente para mí psicoterapia sólo haya una: una relación interpersonal que utiliza conceptos y procedimientos psicológicos para orientar y ayudar a las personas que lo demanden.

Los grandes grupos de psicoterapia abordarían aspectos diferentes  del proceso psicoterapéutico, y según la demanda/problema de la persona podríamos incidir más en unos o en otros.

Así, podríamos decir que la psicoterapia busca la comprensión de uno mismo para la renovación personal, persigue un entendimiento filosófico de los problemas de la vida, favorece los aspectos autosanadores de la persona, fomenta el aprendizaje de nuevas formas de comportamiento y revisa las relaciones familiares cuando es necesario.

La  aceptación está de moda en el ámbito de los tratamientos psicológicos. Sin embargo, hay muchas formas de entender la aceptación. Una de ellas es aceptar las emociones y pensamientos negativos como parte inevitable de una vida plena, es aceptar la vida en todos sus aspectos, los negativos y los positivos, es aceptar el cansancio que implica el ejercicio físico, las preocupaciones de los padres que conlleva el amor a los hijos, la ansiedad que aparece al enfrentarnos a situaciones y retos nuevos.

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