La crisis de los límites

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Uno de los dilemas inherentes a la condición humana es la conciencia de que nuestra vida es limitada. Sabemos que un día ya no estaremos en este mundo. Cuando tomamos conciencia de esos límites a menudo experimentamos una crisis. Sin embargo, esta verdad no siempre la tenemos presente y a menudo la tenemos apartada de nuestra conciencia. No obstante, puede tener un gran valor sacarla a relucir de vez en cuando si ello nos puede ayudar a vivir la vida con mayor intensidad.

Cuando una persona es joven tiene la sensación subjetiva de que el tiempo es ilimitado. De que la vida no tiene límites. Hay poco miedo a la muerte y es la época donde más conductas de riesgo se tienen. Se tiene la sensación de que todo está por hacer, todo se puede realizar, todo es posible, todo es compatible. Las decisiones que van a marcar tu destino o van a configurar más tu existencia aún estar por ser tomadas. La elección de profesión, la pareja, el lugar de residencia, incluso el modo o estilo de vida. Se tiene bastante grado de libertad sin tener que asumir en mayor grado la parte de responsabilidad que conlleva. Como en la infancia, el peso de la responsabilidad es algo que en la mayoría de ocasiones todavía corresponde a los padres.

Pero conforme se abandona la etapa adolescente y de juventud temprana, se empieza a comprender la terrible realidad e la vida: Cada elección supone renunciar a las demás opciones. Elegir es renunciar (no elegir también es renunciar). Recorrer un camino implica no recorrer otros. Los días se pasan, así como los años. El ciclo vital transcurre y lo no hecho se queda sin hacer. El futuro abierto y amplio de la juventud pierde sentido si uno no empieza a caminar.  Y empezar a andar, aunque te abra nuevos horizontes, también te aleja de otros.

A esto se une el problema de la inevitabilidad del cambio. Como decía Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río, pues tanto la persona como el río ya han cambiado y no son el mismo. Aunque intentemos mantenernos estáticos en nuestra vida, aunque intentemos no cambiar, no avanzar, mantener una rutina estática… será imposible no hacerlo, imposible que nuestros deseos o nuestras necesidades sí lo hagan, que el disfrute que antes aportaba la misma rutina, ya no lo aporte. Como el joven que sale de fiesta todos los fines de semana, pero no consigue ya que la noche y la fiesta sea tan mágica y especial como lo fueron antaño. Quizás la fiesta y la noche sean la misma, pero él ya no lo es, es posible que ahora sean otras cosas las que lo harían disfrutar, pero se requiere avanzar para alcanzarlas.

Esta sensación de pérdida de goce o disfrute en la vida lleva a mucha gente a tomar contacto con los límites y experimentar cierta crisis. Una crisis necesaria para empezar a avanzar, o para corregir el rumbo. Quizás para plantearse ciertos cambios. Para permitirse avanzar a una nueva etapa vital.

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