Lo dicho y lo no dicho: el poder de las narrativas

La construcción de la identidad está fuertemente afianzada en las narrativas que nos contamos sobre nosotros mismos, los demás y el mundo en el que vivimos. Sin embargo, es un error pensar que nuestro “Yo” se constituye únicamente por dichas narrativas. De hecho, podría ocurrir que nuestras narrativas estuviesen tan alejadas de nuestro auténtico “Yo” que estuviésemos siempre viviendo en la incongruencia o a través de un “falso-Yo”.

Las narrativas son como mapas que construimos de la realidad, pero no son la realidad en sí misma. No debemos confundir el mapa con el territorio. Los mapas son una herramienta útil que nos ayudan a predecir y controlar mejor la realidad. Pero el mapa no es el territorio. Un mismo territorio puede tener muchos mapas (el de los ríos, provincias, montañas, etc) de la misma forma que una realidad puede tener muchas narrativas. Un mapa puede ser a escala, puede ser más serio o formal, mantener las proporciones, o ser un mapa estético, donde priman los dibujos, la caricatura, e importa menos mantener las proporciones. Lo mismo ocurre con las narrativas, que pueden buscar ser más descriptivas, “objetivas” como el discurso legislativo; o subjetivas, estéticas, como la poesía o la metáfora, sin que ninguna narrativa sea “más verdad” que otra, todas ellas son narrativas sin ser la realidad. Considerar una narrativa mejor que otra depende del objetivo de dicha narrativa.

De la misma forma que construir mapas nos ayuda a orientarnos mejor, construir narrativas sobre la realidad nos ayuda a vivir mejor. Poner nombre a nuestras emociones, pensar en los acontecimientos que las han generado, hablar sobre los problemas y las dificultades, sobre nuestros proyectos de futuro. Todo ello nos ayuda a construir una narrativa y a tener más poder de decisión sobre nuestra vida, aumenta nuestra capacidad de predecir acontecimientos, nos facilita la toma de responsabilidad y nos ayuda a crecer y mejorar.

No obstante, corremos cierto riesgos con las narrativas:

Corremos el riesgo de usar las narrativas construidas por otros, con sus propios intereses, que no tienen por qué ser los nuestros, que incluso vayan en contra de nuestros intereses (como sucede a menudo con las narrativas generadas por los medios de comunicación, las empresas, partidos políticos, etc)

Corremos el riesgo de creer demasiado en nuestras narrativas y confundirlas con la realidad.

Corremos el riesgo de usar narrativas que no son las más adecuadas para los objetivos que buscamos (como el que usara un mapa de los ríos para buscar un restaurante en su ciudad).

Corremos el riesgo de usar narrativas que restringen nuestras opciones.

O el riesgo de usar narrativas tan alejadas de la realidad que en pocas ocasiones nos sean útiles.

Gran parte del trabajo realizado en Psicoterapia es trabajar sobre las narrativas que construye el cliente:

  • Puede que la dificultad sea que su narrativa tenga más peso que la propia realidad, que hubiese una confusión entre mapa-territorio, y el trabajo terapéutico se centre el diferenciar entre narrativa y realidad.
  • Puede que la narrativa usada no sea la más útil, y se ayude en la construcción de una nueva narrativa más adaptada a los objetivos y experiencia vital de la persona.
  • O puede que la narrativa esté muy alejada de la realidad y se ayude al cliente a contactar de nuevo con su propia experiencia para construir de ese modo una narrativa nueva más útil.

Las narrativas son parte esencial del ser humano, moldean nuestra identidad, nuestra visión de nosotros mismos y del mundo. Son una habilidad fundamental de ser persona, pero que se pueden volver en nuestra contra en muchos momentos.

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